Si alguna vez sentiste que tu gato se comporta como si la casa fuera suya y tú un inquilino tolerado, tienes razones históricas para sospechar que no es casualidad. Hubo una civilización entera que le dio la razón durante casi tres mil años.
Todo empezó con los graneros
La relación no nació de la devoción, sino de la logística. El Egipto antiguo dependía de almacenar enormes cantidades de grano, y donde hay grano hay roedores, y donde hay roedores aparecen gatos monteses africanos. Nadie los domesticó en el sentido clásico: llegaron solos, encontraron comida abundante y se quedaron. Los egipcios, que no eran tontos, notaron que aquellos animales resolvían gratis un problema serio y les dejaron espacio.
A eso se sumó algo menos evidente. Egipto es tierra de serpientes, escorpiones y alacranes, y el gato los caza igual que a los ratones. Un animal que protege tu comida y además reduce las probabilidades de que algo venenoso te muerda mientras duermes se gana un estatus especial bastante rápido.
De cazador útil a figura sagrada
Con el tiempo, esa utilidad se convirtió en simbolismo. Los egipcios asociaron al gato con la protección del hogar, la fertilidad y la maternidad, y esas cualidades cristalizaron en Bastet, una de las deidades más queridas del panteón. Al principio se la representaba con cabeza de leona; conforme el gato doméstico ganó presencia en la vida cotidiana, la imagen se suavizó hasta convertirse en la figura de mujer con cabeza de gata que hoy reconocemos.
Su centro de culto estaba en la ciudad de Bubastis, y las festividades en su honor eran de las más concurridas del país. El historiador griego Heródoto, que visitó Egipto en el siglo V a.C., describió multitudes navegando el Nilo hacia allá entre música, vino y celebración. Venía de una cultura donde los animales no ocupaban ese lugar, y se le nota el asombro en el relato.
Matar un gato se pagaba caro
La protección no era solo simbólica. Dañar a un gato, incluso sin intención, era un delito grave, y matar uno podía costar la vida. Heródoto cuenta que cuando un gato moría de causas naturales, los miembros de la casa se afeitaban las cejas en señal de duelo, y que en un incendio la prioridad era sacar a los gatos antes que apagar el fuego.
Conviene tomar a Heródoto con cierta cautela: era un cronista extranjero, aficionado a la anécdota llamativa, y no todo lo que escribió resiste el contraste con otras fuentes. Pero la arqueología respalda lo esencial. Se han encontrado cementerios con cientos de miles de gatos momificados, muchos envueltos con el mismo cuidado que se daba a las personas, algunos acompañados de pequeños recipientes con leche o ratones para el viaje al más allá.
La batalla que se ganó con gatos
Hay un episodio que se repite mucho y merece matizarse. Se cuenta que en la batalla de Pelusio, en 525 a.C., el rey persa Cambises II ordenó a sus soldados pintar gatos en los escudos y soltar animales frente a las líneas egipcias, sabiendo que estos no se atreverían a disparar por miedo a herirlos. Los egipcios habrían perdido la batalla.
La fuente es tardía y única, así que probablemente haya más leyenda que historia en el relato. Pero que la anécdota fuera creíble para quienes la escucharon dice mucho: en el imaginario de la época, resultaba perfectamente verosímil que un ejército prefiriera perder una batalla antes que dañar a un gato.
Collares, aretes y nombres propios
Los gatos egipcios no andaban sin identificación. En tumbas y frescos aparecen representados con collares decorados, algunos con pendientes y aretes de oro en las orejas. No era solo ornamento: señalaba pertenencia a una casa concreta, indicaba que ese animal tenía familia.
También tenían nombre. En documentos y estelas funerarias se conservan nombres de gatos, y muchos son del tipo que cualquiera reconocería hoy: descriptivos, cariñosos, a veces simplemente «Bonita». La costumbre de ponerle nombre a un gato y dejar constancia de él por escrito tiene, como mínimo, treinta siglos de antigüedad.
El final de una era
El culto a Bastet se extinguió oficialmente en el año 390 d.C., cuando el emperador romano Teodosio I prohibió los cultos paganos. Pero los gatos ya habían salido de Egipto: viajaron en barcos fenicios, romanos y griegos, cazando ratas en las bodegas, y desde ahí se repartieron por el Mediterráneo y más allá. Casi todos los gatos domésticos del mundo descienden de aquella misma población de gatos monteses africanos.
La ironía histórica es dura: siglos después, en la Europa medieval, esos mismos animales pasaron de sagrados a sospechosos, asociados con la brujería y perseguidos. Pero esa ya es otra historia.
Lo que sobrevivió del gesto egipcio
De todo aquel edificio religioso quedó, curiosamente, lo más práctico: la costumbre de marcar al gato como parte de una familia. Cambió el material y desapareció el oro, pero la idea es la misma. Hoy una placa grabada con su nombre y un teléfono de contacto cumple exactamente la función que cumplía aquel collar decorado: decirle al mundo que ese animal no anda perdido, que pertenece a alguien y que alguien lo está esperando.
Tres mil años después seguimos haciendo lo mismo. Y ellos, hay que decirlo, siguen comportándose como si el trato fuera justo.

